QUEVEDO

FINA GARCÍA MARRUZ

RAZÓN DE ESTE TRABAJO

 

Bien pudo llamarse este ensayo “Relectura de Quevedo”, ya que la primera la hicimos en la adolescencia, y fue tan fulminante, que no creímos necesario repetirla. Leerlo por segunda vez, sería verlo ya menos. Fue sólo en ocasión de que se nos pidiese un trabajo para la Revista de la Universidad, con motivo del cuatricentenario del poeta, que volví sobre sus textos. Los bienamados sonetos, primero, luego, su prosaza, que en verdad no acabé de recorrer del todo nunca, atestada como la veía de sustancia. A manera de la hostia, su palabra estaba entera en cada parte, –y cesen aquí las semejanzas, que ya sabemos que no fue Don Francisco del todo pan bendito–. Me fui así internando en pasajes ya olvidados, o apenas recorridos, y comprobé que Quevedo, como todo clásico verdadero, soporta y aún exige tres lecturas: la del niño o joven, la madura, y la del anciano, como requiere tres perspectivas la vista de una montaña. Su letra transcurre a la par de la que llamó, con el mismo adjetivo que Garcilaso, “la edad ligera”, y cambia con ella, pero con el don de permanecer, sin menoscabo, ante nuestros ojos. Y leyendo, y anotando, fueron creciendo en desmesura estas páginas, y se nos pasó el tiempo en que debía ser entregado el trabajo, para que entrase en el límite fijado por el año de su centenario. Pero traspasar un límite no parece la peor manera de rendir homenaje a este apasionado que los transgredió todos. Mantuve así el título original Quevedo en su centenario para dejar constancia de esta versión distinta que cada centuria entrega de un poeta, como prueba mayor del fuego que así las resiste. Pasado ya demasiado tiempo de estas eventualidades, no me ha quedado sino llamarlo sencillamente Quevedo, a sabiendas de que no puede pretender abarcar al que, por ventura, permanecerá siempre inabarcable. Sírvanos todo esto de excusa en tiempos tan universitarios, que prefieren la especialización a estas visiones confusas de conjunto, acaso sólo caras a la poesía. Valga aquí recordar, no sé si textualmente, estas palabras que leí hace muchos años de un poeta nuestro, Roberto Friol, y que ahora hago mías, con su permiso y petición de indulgencia, si mi memoria me es infiel:

 

“Francisco de Quevedo y Villegas, yo, aprendiz de poeta menor, me inclino ante la sal de tu eternidad.”

 

Fina García Marruz