LLEGÓ DEL MAR

Miloš Urban

La náyade

 

Habría dado todo el dinero de mi beca de un año por haberla visto en el agua con mis propios ojos, no solo con las imágenes de las cámaras que vigilan la playa. Cómo llegó nadando sobre las suaves olas, se puso de pie, caminó unos metros dentro el agua y se detuvo. Eso no lo grabaron las cámaras; no lo vio nadie. Cuando la enfocó un ojo electrónico, y después otro, ya estaba ahí. Estaba ahí de pie. Si hubieran sido más fuertes las olas esa mañana, no habría aguantado en el lugar, pero el movimiento de la solución salada de lo que en francés llaman La Manche (La Manga) y en inglés The English Channel (El Canal Inglés) era tan vago tras la tormenta, que se mantuvo en pie sin moverse durante veintidós minutos antes de que un trabajador del servicio de vigilancia se fijara en ella. Entretanto, seguramente, estaría dormido. Envió a un guardia. Cuando el hombre uniformado le habló, ella lo miró estupefacta. No dijo ni una palabra. Parecía un poco como si fuera extranjera. 

Más tarde, escribiendo allí el reportaje, Trevor me preguntó si sabía cómo llamaban al canal en bretón. Yo no lo sabía y él dijo: Mor Breizh. Se me quedó en la cabeza porque a alguien como yo, un nombre así le recuerda inevitablemente a las palabras checas moře (mar) y břeh (orilla). Dos palabras relacionadas entre sí, pero que en ningún caso pueden significar ambas cosas. O la una o la otra. Y, sin embargo: el mar Orilla. Como si a un puente le pusieras de nombre Río o a un río, Puente.

La doctora Fitzwilliam confirmó después que nadie podía aguantar tanto tiempo en el agua fría, lo que precisamente era para ella una prueba de peso de que la chica no estaba fingiendo su estado trastornado. Cómo había llegado hasta ahí era algo que Beryl Fitzwilliam no investigaba y que no le interesaba. Solo aportaba su observación de que una persona que no está entrenada para ello difícilmente puede nadar en el mar más de dos kilómetros. Objeté que el mar había estado inusualmente tranquilo después de la tormenta. Por si no se había percatado, toda la primavera había sido insólitamente calurosa y el inicio del verano, casi tropical; quizá por eso el estrecho entre Inglaterra y Francia se comportaba de forma tan impredecible.

Movió la cabeza, con sus pensamientos en otra parte. 

—Puede que quisiera llegar nadando a Inglaterra, pero no encontró aquí la Inglaterra que conocía. Y perdió el habla. Esas cosas pasan.

Me cuestioné si la doctora Fitzwilliam, como psiquiatra de la policía, resultaba de alguna ayuda. 


—Pero ¿de dónde iba a venir nadando? —siguió cavilando en voz alta—. ¿Desde Francia? Ustedes no pueden creer eso. 

 

Al igual que todos los demás, yo tampoco sabía qué pensar. Nadie había visto a Cora en mar abierto. La vieron en la costa, en la frontera entre el mar y la orilla. Presumieron que llegó nadando. Y, como llegó exhausta, tenía que haber sido desde una gran distancia.

 

Si no fuera porque trabajaba en un diario del lugar, mi camino nunca se habría cruzado con el de ella. Pero estaba haciendo unas prácticas en el Eastbourne Standard, el amable y ligeramente sensacionalista periódico local de una ciudad costera sin particular importancia. Era un programa de intercambio para ciudadanos de la Unión Europea.

 

Nuestro diario se basaba en que tenía una «edición vespertina», lo que era de entrada un sinsentido por dos razones: la «víspera» comenzaba en la redacción ya a las dos de la tarde, pero, además, a pesar de que teníamos que respetar los tiempos para que en la edición de la tarde hubiera algo nuevo a cualquier precio, nadie en la redacción esperaba más allá del mediodía para terminar sus artículos «vespertinos». A la hora de la comida es cuando más noticias se consumen en Internet. Así que las noticias de la noche salían a las doce.

 

Todo corre prisa, todo debe estar enseguida. Pero esa chica esperó a que repararan en ella. A que se dieran cuenta de que estaba allí en el agua, de pie, esperando. O no estaba esperando y sencillamente no sabía qué hacer…