BAILAR SOBRE EL DEMONIO DEL OLVIDO. APUNTES PARA UNA ESTÉTICA DE LA DANZA

MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS

Asistir a un espectáculo dancístico o participar en una fiesta popular en la que la danza tenga peso que justifique su pervivencia son experiencias, siempre, gratificantes. Pero recorrer, desde el pensamiento que necesita el placer de la comprensión, los momentos señalables que han dado lugar, históricamente, a la danza como espectáculo sabiendo que, en sus raíces más remotas, hay una semilla definitoria de lo que la humanidad esconde, es recrear ese puro misterio que, como el amor, “mueve al sol y a las demás estrellas”. Porque quizás la danza contenga, precisamente, ese simbólico movimiento que el amor pone en marcha. Y ahí se esconde la sorpresa que causa, a los adultos, un bebé respondiéndole a la vida con alegría desde el moviendo de su cuerpo sin estrenar, repitiendo, sin saberlo, los latidos rítmicos de la misma. O la vitalidad, de pronto, rebrotada en una persona anciana que levanta la imposición del tiempo danzando esa música ceremonial que reconoce propia. La necesidad espontánea de bailar el mundo. Hay misterio en la danza. Hay plenitud y hay vacío. Hay un decir sin que nada se diga, una acción que horada la transparencia y escribe, en ella, testimonios que quedan grabados en una memoria de imágenes diluidas. Acaso el movimiento del sol y de la infinitud de estrellas que simbolizan, mejor que nada, las posibilidades del sueño creador.



PROGRAMA DE MANO, A MODO DE PRESENTACIÓN

La divinidad [Shiva] está representada danzando sobre el cuerpo postrado de un demonio enano. Se trata de Apasmara Purusa, “El Hombre o Demonio (purusa) llamado Olvido o Negligencia” […]. Simboliza la ceguera de la vida, la ignorancia del hombre. La victoria sobre este demonio se consigue alcanzando la verdadera sabiduría. En ella está la liberación de las ataduras del mundo.
Heinrich Zimmer: Mitos y símbolos de la India

I
No vivimos tiempos, precisamente, de sólidas convicciones. Pero lo que podría ser positivo, en el sentido de que permitiera una respetable convivencia pactada desde la diversidad enriquecedora, se manifiesta, por el contrario, en una insatisfacción “modélica” y en una falta de referencias que orientaran, de un modo global, los itinerarios que se trazan en el espacio de lo común. Tiempos de incertidumbre, “tiempos líquidos”, como señaló el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman. Tiempos, añadimos, donde la exigencia cívica hace olvidar que las culturas y las civilizaciones se construyen sobre pactos. Y que esos pactos aparejan deberes que, en su ejercicio, nos individualizan y nos hacen insustituibles. La liquidez, sin embargo, borra siluetas y nombres propios en la igualación falaz que oblitera o exalta dependiendo de intereses que nada tienen que ver con la dignidad.
Sin embargo, hay una suerte de bajo continuo en la experiencia humana, tiene que ver con esa “a-cronología” del sueño. Está, vive, pervive y continúa la existencia algo así como al margen de la actualidad. Hace vecindad con hombres y mujeres que estuvieron sobre la tierra hace miles de años y lo están todavía en la resaca fértil de sus huellas. Nos envuelve su envergadura, por fortuna, en lugares dispares, en momentos inesperados. Impertérrita, la belleza aparece, desvelada, un instante a veces tan fugaz que, incluso, podemos atribuir su aparición a un error perceptivo. La razón solitaria suele obrar así, excluyendo lo que no es capaz de entender. Pero en la aparición de eso extraño, entonces, el escepticismo se desvanece como la niebla a nada que sople un poco de viento. Y seguimos, seguimos porque sabemos que ha de ser así.
Acaso la liquidez del tiempo que nos ha tocado esta vez exija acostumbrarnos a caminar sobre las aguas. Y eso sea todo.
Asistir a un espectáculo dancístico o participar en una fiesta popular en la que la danza tenga peso que justifique su pervivencia son experiencias, siempre, gratificantes. Pero recorrer, desde el pensamiento que necesita el placer de la comprensión, los momentos señalables que han dado lugar, históricamente, a la danza como espectáculo sabiendo que, en sus raíces más remotas, hay una semilla definitoria de lo que la humanidad esconde, es recrear ese puro misterio que, como el amor, “mueve al sol y a las demás estrellas”. Porque quizás la danza contenga, precisamente, ese simbólico movimiento que el amor pone en marcha. Y ahí se esconde la sorpresa que causa, a los adultos, un bebé respondiéndole a la vida con alegría desde el moviendo de su cuerpo sin estrenar, repitiendo, sin saberlo, los latidos rítmicos de la misma. O la vitalidad, de pronto, rebrotada en una persona anciana que levanta la imposición del tiempo danzando esa música ceremonial que reconoce propia. La necesidad espontánea de bailar el mundo. Hay misterio en la danza. Hay plenitud y hay vacío. Hay un decir sin que nada se diga, una acción que horada la transparencia y escribe, en ella, testimonios que quedan grabados en una memoria de imágenes diluídas. Acaso el movimiento del sol y de la infinitud de estrellas que simbolizan, mejor que nada, las posibilidades del sueño creador.

II
Puede parecer una obviedad. Sin embargo, lo que en otros momentos de la historia era evidente hoy requiere ser recordado con perseverante militancia: el saber es un bien que, al crecer, al desvelarse en cualquier ámbito de la creatividad y del conocimiento humanos, está permitiendo, asimismo, el crecimiento de las posibilidades de expresión y desarrollo personal de los hombres y las mujeres, aunque estén, en apariencia, lejos de tales focos. Pero, porque el conocimiento siempre ha de serlo compartido, tiene que contar con instrumentos que permitan su comunicación y su debate. Y tiene que permitir el cuestionamiento crítico respetuoso de los puntos de vista que pueden llegar con cada nuevo desvelamiento. Que, sobre todo en países del entorno conceptual occidental, haya aumentado el acceso a la educación reglada, y a esa “educación difusa” que es la cultura en su más amplio espectro, es un logro encomiable. Pero no es suficiente. Nuestra responsabilidad como profesores y profesoras, como intelectuales, como creadores y creadoras, es conseguir que ese aumento lo sea de la democratización de la excelencia y no solo de una superficialidad mensurable de datos sin peso que no consiguen, porque ni lo plantean ni lo promueven, una vida mejor.
En una época, la nuestra, en la que se ha devaluado, estratégicamente, el saber; donde suponer que se tiene información al alcance de la mano, en general, ha llegado a dudar, por innecesario, del aprendizaje generador de criterio, la creación artística parece estar en vela para que tal suerte de “desgénero humano” no acabe suplantando a la humanidad concreta, con nombre y biografía individuales, con necesidades físicas y simbólicas, con deseos, pensamiento y sueños. Enunciar todas estas palabras, en el contexto educativo —una geografía mucho más amplia que la que delimita un aula— exige responsabilidad ética. Leamos a Gilbert Durand:

Así como la psiquiatría aplica una terapéutica de vuelta al equilibrio simbólico, se podría concebir entonces que la pedagogía —deliberadamente centrada en la dinámica de los símbolos— se transformase en una verdadera sociatría, que dosificara en forma muy precisa para una determinada sociedad los conjuntos y estructuras de imágenes que exige por su dinamismo evolutivo. En un siglo de aceleración técnica, una pedagogía táctica de lo imaginario parece más urgente que en el lento desarrollo de la sociedad neolítica, donde el equilibrio se lograba por sí solo, al ritmo lento de las generaciones.

Cada vez de un modo más normalizado nos encontramos con que nuestra vida cotidiana, a la que la enseñanza no puede ser ajena, se globaliza. Mas globalizar no parece ser, ni mucho menos, universalizar; bien al contrario, es un término que ha acabado identificándose con un igualitarismo destructor no equitativo. Europa, como concepto que tampoco se limita a sus fronteras convencionales, sino que tendría que definirse desde su gestación de alianza de civilizaciones en un territorio diverso, variado y colaborador; la Europa de los caminos, las culturas y los pueblos, se perfila hoy con la incorporación de personas procedentes, muchas veces, de planteamientos sociológicos con los que nuestros países no habían tenido, hasta el momento, un vínculo diario, aunque pudiera haberlo tenido mercantil o, incluso, histórico. En España, concretamente, todavía es una experiencia que hay que aprender del todo. Para el sistema educativo es maravillosamente obligatorio convertirlo en un ejemplo de futuro, en una demostración práctica y fructífera de convivencia y cultivo democráticos.
 Universitas, universo, universal…
Se trata de una oportunidad excepcional para que la academia avance en metodologías del respeto que abran ángulos de acceso al saber, estableciendo un espíritu plenamente disponible de aprendizaje conducido por una actitud de cultura de paz. Sin renunciar ni soslayar jamás, con miedos revestidos de relativismo, a los valores que, legislados como derechos humanos, ha costado lograr, y que tienen tras de sí una larga nómina de personas que han dado, literalmente, sus vidas para que la dignidad sea la ley común irrenunciable. La educación, principalmente la educación universitaria por sus obligaciones y papel en la sociedad, tiene el deber de aportar anclajes firmes a tales avances, con su consiguiente reflexión que siempre será anticipo lúcido del porvenir. Lo logrará cuando la encomienda que la universidad acoge, en su propia estructura simbólica, permita una comunidad internacional de seres humanos que se reconocen en el amor al saber y el conocimiento. Este presente abordado de un modo crítico significa, también, no abandonar las perspectivas múltiples que nuestra época exige. Si en cualquier expresión del conocimiento ahondar en las tendencias culturales del entorno social, desde el que se acomete un estudio en cuestión, lo mejora y dignifica porque separa lo pactado de lo impuesto, y muestra que el mismo no puede entenderse fuera de una red tejida con hilos que se enlazan en un tejido-texto mundial, su necesidad es perentoria cuando se aborda desde la creatividad artística como actitud vital, más allá de lo específico de una disciplina concreta.

En el compromiso de cuidar y extender esa matria universal que se mantiene, comparte y crece, es decir, que respira y late en cada momento de vida humana, situamos este trabajo. Esto es, en democratizar la excelencia buscando los itinerarios que permitan, más que alcanzarla, irla construyendo hasta sentirla propia. Por eso, lo que comenzó en ese lugar privilegiado que es un aula, ha pedido convertirse en ágora de pensamiento y discusión creadora, tratando de superar los límites que demarcarían su lectura a la hecha por y para especialistas, y ofreciéndose, por el contrario, como espacio de lo común donde perderse con placer.
Porque democratizar la excelencia significa aportar herramientas capaces de ser utilizadas en cualquier parte del mundo, y en cualquier circunstancia adaptándolas a lo que se requiera. Es un modo de asumir que el rigor científico de una investigación es tal porque acorta, hasta hacerla desaparecer, la distancia que impide acceder al pensamiento libre, que es tanto como decir el acceso a la existencia digna.
 Dignidad también es una palabra poderosa que hay que cuidar manteniéndose en vela ética.
 La meta última, esa que nunca se alcanzará del todo para que tampoco acabe nunca el asombro de aprender, es que los logros del conocimiento se manifiesten en derechos humanos. Es urgente insistir en este punto. Tales logros lo serán en la medida en que pueden ser objetivados, es decir, comunicados y, por lo tanto, susceptibles de ser probados. Esa es la “tarea” de toda ciencia. Pero esa “prueba” hemos de intentar que signifique esa “una vida mejor” a la que aludíamos. El rigor, cuyo esfuerzo para lograrse ha de ser constante y no puede, jamás, confundirse solo con competitividad y fría cuenta de resultados mensurables en cantidades numéricas, tiene que ir acompañado siempre de emprendimiento y riesgo intelectual, de constancia y responsabilidad. Esto es soñar, no lo esquivemos. Porque, ¿cómo se mide el avance del conocimiento científico en la creación artística?, ¿cómo se establece el rédito social?, ¿cómo se inscriben talento, imaginación, creatividad en los parámetros con los que acostumbramos a medir la ciencia?, ¿hemos de limitarnos a hablar de técnica?, ¿cómo se cuantifica el estilo?, ¿cómo se recogen resultados?

Para este trabajo, la tarea lectora como camino hacia el conocimiento preciso, en el sentido más amplio, se coloca en el centro de todas las demás competencias requeridas (o, aun mejor, “ofrecidas”). La entendemos en un sentido que abarca dimensiones nuevas. Leer es interpretar, es acceder a códigos que aumenten la capacidad creadora. Se lee un texto literario, se lee un texto coreográfico, se lee un texto plástico, se lee un texto fílmico, se lee una composición, se lee el mundo, se interpreta la información y, desde este hecho, se supera lo superfluo para que la lectura recupere su capacidad crítica e inclusiva, generadora de imaginación y, por lo tanto, de preguntas que propicien respuestas ofrecidas como nuevas preguntas. A la vez, trabajar con profundidad la lectura, el hecho humano que nos ha hecho más humanos, debe facilitar la capacidad de gestionar lo aprendido, incorporándolo con naturalidad al terreno personal, avanzando en un modo de entender las relaciones económicas, industriales, profesionales, sin desistir del componente creativo y solidario.

Recomendaremos la lectura de libros cuyos autores o autoras han desaparecido, en cierto modo, del panorama culto de nuestro momento histórico, lo que significa que lo han hecho de un modo radical de ese tejido específico que llamamos “universidad”. Libros, no vamos a negarlo, que nos han hecho felices porque han abierto fisuras luminosas allá donde solo había negación, olvido, incluso miedo. Podrían ser muchas otras, pero todas las que están “son”. Desde un ángulo amplio, quisiéramos que las obras propuestas procedieran tanto de la ficción como del ensayo. Y cuando se trate de este último, querríamos presentar autores o autoras que, en su forma estilística y en su elección investigadora y temática, han querido implicar la fisicalidad de la lectura y la reacción estética ante la misma. Nos permitimos un ejemplo: hablar de la identidad, como uno de los elementos básicos del Teatro a través del llamado “personaje”, puede y ha de hacerse desde las propias estructuras ideadas para las Artes Escénicas analizando casos concretos. Pero abordar un tema esencial como el señalado desde la lectura, desde este punto de vista, de La metamorfosis, de Frank Kafka, como uno de los pilares culturales que solventaron, anticipándolo, la catástrofe sobre la que discurrió el siglo XX, establece connotaciones críticas muy particulares en la búsqueda de una metodología propia de las Artes Escénicas. Máxime cuando hemos de llegar al teatro posdramático y a la impugnación del personaje como uno de los hechos cruciales de buena parte del Teatro, de la Danza, en nuestros días. Hecho paralelo, reflejo o premonición de la vida “fuera” del escenario.

Hemos distribuido la materia en grandes bloques con formato “histórico”. Entrecomillamos la palabra porque solo se aproxima a la intención. Son grandes apartados generales, pero con la advertencia previa de que no siempre serán compactos en lo que a la cronología se refiere. Querríamos acercarnos al tema como un organismo vivo en el que cada componente de ese organismo aporta ritmos y necesidades específicas. Esto no tiene que significar desorden; más bien apela al principio de los acuerdos tácitos del pensamiento: la diversidad aporta valor, enriquece y construye espacios mentales inesperados cuando se expresa desde el respeto y la colaboración constante de sus miembros ejecutores, es decir, estudiantes y profesorado, autora y lectores, etc., cada uno con un papel y unas responsabilidades asumidas en el mismo. Cada etapa se visitará, intelectualmente, cotejando la escenografía cultural en la que se desarrolla, pues toda manifestación artística nace en un contexto social, político, etc., pero también todo contexto social y político viene determinado por un imaginario individual y global que el arte anticipa, lo que, en este caso, queremos reforzar. Si Nietzsche, el filósofo de los límites de la cultura occidental consolidada como tal en el Mediterráneo, identifica, simbólicamente, el pensamiento con la danza, o la mitología india atribuye el origen cósmico a la danza de un dios, tal vez recorrer lo que la danza es y significa, como metáfora unificadora de tiempos y espacios separados, permita hallar principios humanos de comunidad necesaria que el Arte en general, y las Artes Escénicas en particular tienen como misión proteger del olvido.

Se hace imprescindible, entonces, abundar en el concepto de “imagen”. Imagen como afán de permanencia en el tiempo, como huella y memoria, como creación personal y como recuerdo que es, sin embargo, siempre una invención personal también. Pero también imagen como expresión objetiva, fotografía, pintura, cine… Es decir, tanto en un plano técnico como en un plano simbólico. En tal sentido, hay toda una lectura de la imagen inspiradora en el arte que acompaña a la propia expresión dancística, del mismo modo que ha acompañado y acompaña a la historia del pensamiento. Artes plásticas (visuales, artes de la imagen, bellas artes), han bebido de la Danza como esta última lo ha hecho de las primeras; desde la pintura al cine, sin olvidar, sin duda, la imagen que podríamos sintetizar en la arquitectura como acotadora de espacialidad física y metafísica. De los y las danzantes de las cuevas rituales cuya “memoria” ha quedado inscrita en el arte rupestre, al requerimiento formal y las oportunidades ofrecidas por los cambios tecnológicos que propician distintos diálogos entre la danza y las artes llamadas “visuales”, ampliando su territorio expresivo y, por lo mismo, ampliando la posibilidad de la imaginación humana vivida como intérprete o como espectador o espectadora. Destacamos aquí, por lo ejemplar, cómo el avance tecnológico en el ámbito visual ha llegado, en nuestros días, a la simbiosis con la expresión dancística en la videodanza, hasta generar características propias tanto en lo que atañe a la interpretación como a la recepción de la obra. Cómo, pues, analizar la Danza implica la profundización en nuevos lenguajes, es decir, en nuevas opciones de encuentro en los espacios de lo común, con el valioso agravante de que la experiencia estética permite preservar el derecho innegociable a la intimidad, que es tanto como estar hablando de libertad.

Y aunque también pueda parecer ocioso y reiterativo señalar este hecho, que vivamos en un mundo donde los medios de comunicación se han convertido en el mayor canal de acceso al conocimiento que se hubiera podido concebir, su uso sin formación puede llegar a sustituir la realidad propia haciendo que se olvide lo anteriormente señalado como tarea inexcusable de las Artes. La educación y la cultura han de exigirse formar personas capaces de vincular aspectos cruciales que se solapan hasta perder, por ocultación, su valor; que pueden pasar inadvertidos en contextos cotidianos donde el constante flujo de datos podría provocar la confusión entre saber crítico y acumulación de información; donde lo extraordinario puede llegar a considerarse insustancial y la actualidad puede impedir la selección de lo importante frente a lo anodino.
 Para todos los estudios, pero para los estudios artísticos y creativos sin ninguna duda, es preciso apoyar el conocimiento del valor genealógico del campo de formación, estudiando de un modo actual y con la perspectiva que el tiempo otorga, las extendidas raíces de una historia, escribir el relato, quizás, de otra nueva historia. De ese modo, preservar el legado cultural se convierte en el impulso para crear legado al porvenir. Y es aquí donde se hace indispensable avanzar en una educación de los sentimientos, en el trabajo con el gusto, o en la habilidad a la hora de tratar con afectos y emociones. E, insistimos, quisiéramos que esta reflexión “saliera de las aulas al uso”.

Hay, desde nuestro punto de vista, otro elemento transversal en todas las facetas sociales de la vida humana, pero que debe destacarse cuando hablamos de la educación y la cultura en el siglo XXI y, en concreto, de las Artes Escénicas y Visuales. Que estas se hayan incorporado, hace muy pocos años, a los niveles académicos superiores, permite que acaso se muestren como un ejemplo “vanguardista” a seguir dado que se insertan tanto en la formación como en la pura experiencia creadora y, por tanto, se enfrentan sin filtro a la vulnerabilidad humana. Hablamos de igualdad entre mujeres y hombres, y de trabajar para que lo sea real y no solo teórica o legal (en el mejor de los casos presentes), como corresponde a un mundo todavía injustamente desequilibrado en este derecho humano fundante y fundador. Y planteamos, por ello —no solo “para ello”—, incorporar perspectiva de género a la hora de abordar los distintos temas.
Cuando tal hecho se asume con naturalidad, porque se pone un cuidado especial en alcanzarla con éxito, se está permitiendo la entrada, también con total naturalidad, al diálogo y al consenso, al respeto y a los deberes que, como artífices sociales e independientes, nos corresponden. Incorporar la obligación de lograr la igualdad real en todas y cada una de las acciones que afectan a la idiosincrasia educativa, está ayudando a lograr entender el papel que, en nuestras sociedades, juegan las Artes Escénicas. De un modo simbólico leemos, por proximidad, esta reflexión de George Steiner:

La despedida mira hacia atrás. En nuestra era de transición hacia nuevos mapas, a nuevas formas de contar la historia, las ciencias naturales y “humanas” (sciencies humaines) presentan un movimiento en espiral. Son imágenes de este movimiento el “eterno retorno” nietzscheano y los “grandes giros” de Yeats. Por sus métodos y por el terreno que abarca, el conocimiento procede técnicamente hacia delante, aunque a la vez busca sus orígenes; identifica y llega a su fuente. Sorprendentemente en ese movimiento hacia lo “primario”, las diferentes ciencias, los distintos cuerpos de investigación sistemática, se aproximan unos a otros.

Las llamamos “metodologías del respeto”. Enseñan a investigar, a crear desde el agradecimiento y la responsabilidad, desde el convencimiento de que cada paso que se da, con firmeza, hacia la construcción de un espacio de lo común más amplío, más limpio, más democrático va sembrando libertad para las vidas de quienes lo habitan. Al final, aunque pueda parecer que estamos manejando un lenguaje utópico convendría recordar que esa palabra, utopía, no es sinónimo de imposible, sino de “lo que aun no ha llegado”. Parafraseando a María Zambrano, no se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero. En épocas de posverdad, de poshumanidad, términos que esconden falsedades y totalitarismos mentales, conviene que el pensamiento y la creación no cedan la obligación y el espacio que les corresponden. Seguir su camino es, acaso, la más difícil de las tareas que tienen hoy la educación y la cultura…

Así que estos apuntes deben empezar agradeciendo el tramo recorrido por tantos hombres y tantas mujeres antes de que se escribiera la primera línea. Algunas de esas personas son tan contemporáneas a pesar de tener miles de años como las que están a nuestro lado. Otras, van apareciendo en los centros de enseñanza y estudio desde hace más de treinta años de ejercicio profesional. Con muchas, he tenido el privilegio de aprender, directamente, de su sabiduría. Puede que una buena parte viva en las lecturas hechas y en las que ya se intuyen o aparecerán por “fortuita fortuna”, como un regalo. Son amigas y amigos, desconocidos y desconocidas, estudiantes en clase y compañeros y compañeras en los pasillos de la existencia. Me recomendaron un libro o una obra de teatro, esperaban el mismo metro que yo en estaciones de la vida que, acaso, no se habían planificado pero resultaron imprescindibles. Cuento con que estas páginas, que sabrán reconocer como suyas, acojan también a quienes aun desconocen que les pertenecen.

(Boisán, verano de 2019-difícil 2020)