TRES EN UNA TAZA

BLOG DE AUTOR/ FROILÁN ESCOBAR

Tres en una taza, ¿o cuatro?

Minerva Salado

¿--- la desaparición de la memoria en

un país que invoca su historia con la misma insistencia que

la niega? Luis Manuel García

 

Insisto: el protagonista de las obras de Froilán Escobar sigue siendo el lenguaje. Puede que la novela Tres en una taza-que acaba de publicar Ediciones Bagua, en Madrid-, trasmita un matiz ensayístico; quizá la incursión en el inconsciente, que implica ese desdoblamiento de sí mismo en dos vertientes,la conviertan en una pieza sicológica; algunos pensarían que la apoteosis definitiva  de ese viaje en “guagua” que une a tres personajes en un debate de identidades, es portadora de varios elementos del thriller;otros recibirán el hilo del relato como un texto biográfico; la mayoría, creo, la va a tomar como un ejercicio literario de gran alcance en el cual conviven la poesía y la prosa tanto como lo hacen Tú, Yo, B, en términos que a veces recuerdan la crónica y otras hacen uso del más poético monólogo interior o muestran los vericuetos reflexivos en sus variados planos.

Pero al margen de cualquier clasificación, encasillamiento tal vez, Tres en una taza es una escritura libre y lo que la hace libre es el lenguaje. Sólo él puede  trasmitir con tal intensidad sentimientos y emociones ligados a hechos reales, tanto como irrealidades y fantasías vinculados a la imaginación. Sólo ese particular  lenguaje, que ya es estilo en Froilán, es capaz de penetrar el laberinto sicológico que se abre en dos protagonistas enfrentados en un combate por la inspiración-mujer que desean ambos amantes, y, adicionalmente, incorporar a la “guagua” como un mirador humano, inasible para los censores, desde el cual se contempla el deterioro contextual y se asumen los dolores de las despedidas. Un recorrido por la ciudad de calles íntimas, incrustadas en ese sistema circulatorio que nos mantiene despiertos frente a la lectura.

El lenguaje funciona entonces como un factor adictivo que engancha al lector hasta el final, para saber qué pasa con estos tres, incluso cuatro. El lenguaje obliga a disfrutar la descripción de los últimos momentos de Lezama, su tránsito hacia la muerte, con un desenfado que evade las lamentaciones, tal como él habría querido.

Novela de homenajes y de críticas. Saldo de una generación que hoy ha tomado el deber de preservar, incluso rescatar, la memoria; retomarla, para legar el testimonio de su experiencia a quienes habrán de juzgar lo que pasó, lo que nos pasó, sin haberlo vivido.    

Novela de pensamiento y de expresión de esa necesidad de mirar la realidad desde varios ángulos para poder recuperarla, completarla, finalmente comprenderla, porque sin hacerlo hay una generación, la del autor, que no podría seguir su camino. Porque de lo que se trata es de encontrar respuesta a las mayores preguntas que muchos nos hacemos: ¿Por qué hicimos lo que hicimos? ¿Porqué nos entregamos, gozamos, creímos, convocamos, participamos, luchamos, construimos, disfrutamos, amamos, militamos, soportamos? ¿Por qué fracasamos? ¿Renunciamos? ¿Por qué?

Estos personajes responden a algunas de esas preguntas. Uno desde la realidad, el otro a partir de lo imaginado. La verdadera metáfora yace en B, la inalcanzable B, la soñada, ¿será una mujer?, ¿será la inspiración?, ¿una causa?, ¿o todo a un tiempo? La B que este autor nos pone delante tiene la posibilidad de ser creada, porque se trata de la quimera particular de cada quien. Su enigma,añade a la novela una puerta a la participación del lector en ese recorrido  provocador que se proyecta al describir,en el diálogo continuo de los dos ramajes de su protagonista, los variados ángulos de un mismo camino. El intercambio establece las diferencias al tiempo que ilustra la observación de la realidad sufrida y la realidad imaginada,para arrojar una visión que se completa en un punto único: B.

Ese punto B que encarna lo imposible y, pese al clímax del ayuntamiento definitivo, es depositario de la frustración y el dolor ante lo que fue inalcanzable. Ese punto, que en su reflexivo silencio intenta descifrar la injusticia frente a una condena sin causa; porque el propio autor se niega a aceptar, por inverosímil, un pecado que sólo es explicable en la apología, el culto a la personalidad, la condición del intocable. Y el Yo escritor es acorralado en ese rincón adónde van a parar “los criminales que no han cometido ningún crimen”, tal cual dejó dicho el gran Vasili Grossman en ese tratado sobre el totalitarismo que es su novela Vida y destino.

Lectura para todos, pero imprescindible para aquellos que creen que olvidar es más sano, cuando lo verdaderamente curativo es recordar. Porque sólo la memoria hará útil la experiencia vivida como parte de esa historia integral que debemos recuperar entre todos, sin omisiones, sin ausencias, sin censura.


El poema más largo que jamás he leído

Fabián Meza

La primera vez que leí Tres en una taza no me pareció una novela y así se lo hice saber a su autor, a ese que utilizando la palabra se multiplica, se convierte en tú, en yo y en el lenguaje. Más que una novela me resultó ser el poema más largo que había leído. Ese lenguaje que se ha nutrido del sol de la Habana, de tanto guaguancón, de lo leído, de lo escrito, de lo vivido, de las miradas con que observan los que, todavía, moran en la Sierra Maestra, de los estudiantes que sueñan con lo que sueñen quienes quieren llegar a ser periodistas. Este libro trasciende la prosa y, cada vibración que toca se convierte en poesía. Esta novela es un enorme verso, el poema de un sueño y, también, una canción cuyo título podría ser: Apuntes para una autobiografía.

Forilán Escobar, el kékepa, vuelve a estar condenado y merece otra pena por culpa de Tres en una taza. Su castigo es el elogio. Condenado, por segunda vez, víctima de su propia locura y de su madurez como autor, “condenado por hacer algo que merece el elogio”, nos dice haciéndose pasar por él mismo, porque ha hecho una novela o un enorme poema brillante, qué digo brillante, fosforescente.

Es un texto que revela todos los enigmas que se plantea y, aun así, se vuelve impredecible y reivindicativo. He aquí, la memoria de tantos que, como Lezama, incurrieron en una falta grave, pecado mortal que no estaba escrito en ningún código, tabla de ley, manual, ni libro rojo:  ser consecuente, no traicionarse a sí mismo. Y es donde cierta realidad tiene ese poder irreal: la capacidad de volver a la gente invisible.

La novela se envuelve en mil paradojas, plantea un laberinto de preguntas, zaguanes llenos de incertidumbres existenciales. Insisto en estar frente a un tratado sobre la realidad, o más bien la irrealidad, con una interrogante vital ¿quiénes somos?, acaso seré yo lo que yo creo de mí, acaso seré lo que mi mujer cree que soy, o lo que mi hija cree que soy, o lo que mi madre –que sería el yo más sobrevalorado- cree que soy o soy, más bien, lo que yo no creo que soy, o lo que pienso que son los otros, seré lo que critico del resto, seremos, acaso, todo lo que nos apropiamos de los demás, o soy lo que construyo, cada vez que escribo, tratando de dar vida a otros que no existen o, por el contrario, existe en cuanto llevan partes de mi ser impresas en sus irreales personalidades.

O, al rato, somos nada, no seres, parte, como plantean los científicos de la Nasa, de una casualidad galáctica –para no decir error- o complicados procesos mentales de una máquina a la que estamos sujetos de la inconciencia y se expresa en binario, con números de un verde perico que enchila los ojos.

Seremos seres del pasado, de la memoria, para decirlo bonito, viviremos aupados por un futuro que se empecina en jugarnos bromas y vernos la cara de tontos, o estaremos condenados al presente. Creo que podemos ser todo eso, o sea: nada, como la misma novela, perdón, enorme poema plantea “el mundo exterior era solo de apariencias, no existía.”

Montarse en la guagua me recordó, desde su aparición sobre los terrenos del olvido, aquella frase que justifica el alcoholismo, en Latinoamérica, como la única manera de sobrellevar lo que aquí ocurre y, claro, donde el licor no está en un estante, ni se puede comprar, la irrealidad se vuelve el elixir ideal para sobrevivir.

Tres en una taza reafirma el enunciado de la verdad poliédrica, ni siquiera dual: el autor se pierde entre significado y significante y más que tú y yo, puede incluso, brotar, por ahí, un vos, un usted y hasta un nosotros que, al fin y al cabo, no son más que uno en sí mismo, un diversionismo ideológico que a todos debería de mandar a la construcción por ser culpables de ser humanos, de un no delito, una condena que se castiga, pero no se dice, ni queda en los archivos de la infamia.

La vida puede ser una hoja de papel y hay de quien, en ella, dibuje un mundo feliz. Qué traición tan grande a la humanidad y a la lengua. Y hay de aquel, también, que esboce siete infiernos y un purgatorio, porque la vida, como la hoja, puede ser a ratos cruel y darnos, al mismo tiempo, la mayor de las satisfacciones. Depende de la esquina, de la casa, de la estación, del hospital o del cementerio por donde pase una guagua que no se cansa de huir por un laberinto ciego.

Planteaba, Laura Restrepo, hace unas semanas, en Managua, que el autor cuando encuentra madurez, cuando tiene una cantidad importante de libros, en el estante, con su nombre, cuando ya todos saben bien lo que hace, por fin, puede ser libre y escribir, no lo que dictan las reglas, sino lo que a él le dé la gana. Porque si hay algo que no tiene límites, ni cánones, ni esquemas, es la novela. Tres en una taza rompe con lo que nos han dicho que es una novela y tiene que ver mucho con el momento que vive su autor.

Ese mismo que parece preguntarnos ¿Qué queda cuando ya no queda nada, cuando la esperanza se transforma en incertidumbre, cuando los amigos son recuerdos del otro lado del mar y la ambición no es más que un viaje sin regreso de 90 millas, las calles solo asfalto y polvo y todo se va llenando de herrumbre? Puede que esa sea la principal pregunta que nos grita, en sus silenciosos, esta novela, perdón, este poema.

El texto nos plantea la vida como un viaje imaginario, barroco y surreal en una guagua que, conforme avanza por un mapa que se dibuja con los golpes de timón del chofer, encuentra recuerdos, pasado e historia, y quienes se suben pueden terminar, incluso, con los miembros amputados o con el alma marcada, porque se trata de una autobiografía y el autor es tan caradura que nos la presenta como una fábula que no niega la realidad, solo la hace inverosímil, cuando de lo que, realmente, se trata es de una introspección sobre sí mismo, narrada desde la segunda persona, como un diálogo que habita la cabeza de un esquizofrénico y que no acaba y que desborda las líneas del libro, la irrealidad misma. Puede que quienes conocemos a Froilán seamos los únicos en advertirlo.

Estamos ante un libro de difícil digestión porque todos los elementos que encontrarán en él son pretextos. La guagua en la que viaja el narrador es un pretexto, los personajes también y el lenguaje muchísimo más, pretextos para narrar desde otras perspectivas. Una visión múltiple. Se trata de utilizar las historias que se cuentan aquí, para contar una sola historia. He ahí el mérito. Las páginas por donde transcurre este viaje hecho canción nos advierten que existen otras maneras de contar lo cotidiano y puede que muchos no estén acostumbrados a deambular por zaguanes como los que plantea la novela, porque la modernidad nos ha hecho acostumbrarnos a lo fácil. Desde el control remoto de la televisión, pasando por el carro automático, hasta la narrativa y los audiovisuales. Qué fácil resulta escribir historias contando detalles de lo real y hablar de lo que pasa la gente, en un tiempo cronológico. Qué fácil, como apretar un botón para arrancar un carro o encender la televisión. Froilán huye del facilismo, huye de las teclas que se presionan para que la cena esté servida, sin necesidad de cocinar. Él busca, entre los parajes de la lengua, del castellano, cuáles son las formas más arriesgadas e increíbles para mostrarnos la realidad de otro modo. Porque todas las historias de Tres en una taza, aunque ustedes no lo crean, son vivencias, acaecieron, solo que resultaría banal contar las cosas tal y como sucedieron, por una sencilla razón, a Froilán no le creerían. Es por ello que recurre al impensable, al absurdo para contar el absurdo en el que todos nos hayamos presos. Vuelvo a lo ya dicho, es una novela de difícil digestión, no apta para celiacos, si la norma fuera gluten, o intolerantes al vértigo. Tomar las hojas, pasar las páginas, es un reto, en mí caso, le agradezco a Froilán plantearse la vida así, porque, con la segunda lectura –y sé que serán más- me azotó, para usar una canción de Sabina que habla de La Habana, un ciclón de preguntas. Para eso es que leemos, porque, en un buen libro, no existen las respuestas –a menos que sea de autoayuda-. La literatura sirve, si es que resulta útil para algo, para replantearnos el mundo, poner en duda la existencia, es decir, salvarnos. Se salva el escritor, preso de tantas cosas por decir, al exponernos su visión de la vida que le tocó vivir de formas diferente a lo que la maza está acostumbrada y, ahí, es cuando se salva, cuando un lector poco docto, termina su libro y le hace el mayor elogio que a un artista le pueden hacer, cuando, absorto por lo que leyó, el joven lector exclama: “este viejo está loco.”

No sé si será yo, o tú o B, o los tres juntos antes de montarse en la taza, pero, cualquiera que sea el que salga ileso, de último, que, por favor, apague la luz.


El heredero de las abejas

 

Andfrey Araya

“Ocurre.

Ahora.

La ciudad se me va.”

Así empieza Tres en una taza. Comienza abruptamente, como la vida, como un parto, como el primer parpadeo de un recién nacido. Así nos ataca esta novela de la locura, de una irrealidad tan apabullante, que nos aplasta contra la realidad.

Comienza con un viento atroz, tan fuerte, que es capaz de arrancar a los edificios y a las personas de sus raíces. Que es incluso capaz de llevarse una isla entera hacia “donde no se sabía”.

Pero el autor nos engaña: no son los personajes solamente, no es solo La Habana, no es solo la Revolución y sus cenizas, no es solo todo el Caribe contra las voces ahogadas en el malecón, es también el lector el que se va en cada página, el que se deshace en grumos línea tras línea. Y, de paso, nos regala un viaje inusitado, con el boleto de regreso arrojado por la ventana de la guagua.

Y es tan fácil pensar que el viento es uno solo. En su novela, Froilán Escobar crea una ventolera múltiple, o, quizás, sería más preciso decir que construye un aire de muchas voces que se lleva las personas y las cosas, a medida que la mirada salta y brinca y se arrastra y llora y grita y susurra entre los callejones de los párrafos.

No es el mismo viento el que pasa por la enorme figura de Lezama Lima, inmenso, como diría Whitman. Es también un viento distinto el que se lleva a una vieja mientras sostiene un gajo de paraíso. No es la misma bocanada la que golpea a ese joven periodista que enviaron a la construcción por escribir un homenaje al Che, en el que el Che era más humano de lo que decían los panfletos. “Diversionismo ideológico”, nos dice la irrealidad real de la novela.

Escobar es un heredero de las abejas. El libro se abre (o nos abre) y las palabras no se siguen unas a otras, sino que se entrelazan formando un panal barroco a punta de lenguaje.

En el prólogo a la edición de 1954 de Historia Universal de la Infamia, Borges escribe: “Yo diría que el barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades”.

Pues bien, en esta novela, Escobar lleva al paroxismo los recursos narrativos que han hecho de su novelística una de las más originales y retadoras de la literatura costarricense.

Estamos aquí ante un estilo que no se guarda nada. La contención no forma parte del universo de Tres en una taza ni de quien la escribe. Lo suyo es la polifonía, la polisemia, el desborde de todos los bordes.

El autor ha suplantado a Orula en su tarea de la adivinación. Arrojó todos los caracoles sobre las páginas y ha parido una novela donde cabe todo: lo hermoso y lo grotesco, el humor y la solemnidad, la irreverencia y el respeto, el sexo y lo espiritual, el cristianismo y el yoruba, la poesía inusitada de un peón y las formas elegantes del soneto. Se trata de un juego de opuestos que, en el intento de imitar la vida, se convierte en la vida misma: la reinventa desde una oralidad que es tesis y antítesis de la palabra escrita.

Ese, es el primer asombro. Este escritor irreverente (si es que se puede ser escritor sin irreverencia) no tiene un especial aprecio por los argumentos, y no le importa asesinarlos, para que las imágenes encuentren su propio espacio en la arbitraria medida de 21 x 13 centímetros de sus páginas. Y, aun así, como hemos visto, sí apetece de las paradojas: no renuncia a contar una historia, solo que lanza una mirada sobre la realidad, y lo que sucede es una explosión que estalla en múltiples miradas. Tal es la consecuencia de ver como las abejas.

Tradición y ruptura se confunden en el espacio tiempo de su universo literario.

Así que Tres en una taza te socava, te aturde con ese hermoso temblor, que es el aleteo de la mariposa sobre el pubis de B, la mujer protagonista.

Es algo físico, porque todo lo que sucede en la novela atraviesa transversalmente los cuerpos de sus personajes. Mientras que para Milán Kundera la intimidad protege la desnudez de una exposición pública que aliena el yo, para nuestro autor, el cuerpo, en sus desnudeces y ropajes, es afirmación de un yo plural, y en esta novela se llega hasta las últimas consecuencias de esa pluralidad que nos construye.


Escobar destroza alegremente la dualidad aristotélica entre cuerpo y alma. Los cuerpos no solo sufren la peripecia, también construyen el relato. En un poderoso ejercicio de lo onírico que atraviesa toda la novela y se transforma en realidad, los giros imposibles del cuerpo van con sus jugarretas transformando a los personajes y al propio mundo textual:

“Sus dos ojos, como dos pájaros, volaron de su cara. Y ahora, desde el otro extremo del viaje, piaban, aullaban, te llamaban”, podemos leer.

Pero, como ya vimos, el barroquismo del autor no guarda mesuras en su escribir. Estira sus recursos narrativos hasta que se rompen y desencadenan otras realidades que se inscriben en la geografía de los cuerpos. Una prostituta, o, como más cadenciosamente llaman en Cuba, jinetera, pierde la mano derecha por un golpe de la guagua, y llega a pegarse al pecho del protagonista.

Mano femenina y pecho masculino entablan una dialéctica extraña, en la que el humor y lo grotesco conforman un solo sentir, un solo mirar: risa y mueca de repulsión son tan solo dos caras de los seres múltiples que en realidad somos todos.

Lo onírico se desenfrena y trasciende los cuerpos, y de aquí viene el segundo asombro. La guagua se vuelve, al igual que el pecho y la mano fundidos, una dialéctica entre lo que arremete y lo que se queda, entre la mole de metal y las casas de La Habana que pronto dejarán de ser.

Mientras que en otras novelas lo onírico es reflejo convexo de la trama, o una realidad paralela de lo sucedido, en Tres en una taza, el sueño detona la realidad. No hay siquiera un esfuerzo por separar lo soñado de los sucesos que viven los personajes. Esas líneas fronterizas son inútiles cuando la novela está sumergida en el aire enrarecido de una ventolera que todo se lo lleva, incluyendo, como ya dijimos, al que lee.

Todo sucede, aquí, ahora, es la armonía que amalgama cada una de las líneas. Confusión de lugares y tiempos. Las palabras se convierten ya no en signos, ya no en imágenes, sino en todo esto a la vez. A través de esa respiración tan propia de la poesía, el autor nos lleva a caballo entre la sugerencia y lo concreto:

“Abordaste la guagua con ese extraño sabor a reminiscencia”, escribe, mientras logra un equilibrio entre lo conceptual y lo descriptivo, entre la reflexión filosófica y la metáfora. La desmesura, el caos, también tienen una belleza interna que sustituye todo principio ordenador, parece decirnos, con una sonrisilla de guaguancó, este autor amante de la incertidumbre.

La aparente falta de estructura de la novela es eso, precisamente: apariencia. Porque en la literatura costarricense contemporánea, podría parecer caótica una novela sin capítulos, sin siquiera unos lindos asteriscos o espacios entre los párrafos, para indicar un salto temporal o un cambio de temática.

Tres en una taza tiene, en esa vocación de hoyo negro donde el tiempo y el espacio se doblan, un orden interno, que es el orden de la poesía. El tiempo y el narrador pueden variar en el giro de una frase. Un vuelta de timón del conductor de la guagua te puede llevar, de forma inusitada, a otro de las docenas de personajes, sin que nunca te abandone esa extraña sensación de que mientras leés, otro relato sucede simultáneamente un párrafo más abajo.

Es inútil hacer trampa, saltar hasta la última página y fisgonear el final. Eso no nos dirá nada. La historia, que son en realidad muchas historias, saltan hacia el lector a medida que este avanza. Puede que, incluso, en una segunda o tercera lectura, te des cuenta de que el ventolero se ha llevado la primera versión que leíste, y tenés que empezar a releer con nuevos asombros.

Ese nivel de experimentación que no veíamos desde el boom latinoamericano, ese afán por el riesgo, esa actitud valiente de no abandonar la poesía mientras se hace prosa, hacen de esta novela un hecho inusitado en el contexto de la producción literaria de nuestro país.

Porque el hecho de que la historia transcurra en Cuba no la hace menos costarricense. La Habana que ha construido Froilán Escobar es tan nuestra como San José, como Liberia, como Puerto Viejo, como el Simírí Ñák cabécar de Talamanca.


Ficha del autor:

 

Andrey Araya Rojas (Limón, Costa Rica, 1980).  Periodista y escritor. Ha publicado el libro de cuentos Todavía el Olvido, publicado por la editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED, 2014); el “Comentario crítico de Periodismo al Límite: Más de cien años de crónicas latinoamaericanas” (Ediciones COMOARTES, España, 2013), donde también ha publicado los microcuentos “Columpio y rayuela” y “La Corbata”, incluidos en la Antología de microficción narrativa: 400 de los mejores cuentos hiperbreves (2014). Ha colaborado con reseñas y crónicas en las revistas digitales Literofilia y Vacío. En 2014 ganó el Premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica por la crónica periodística “Adrian Blues”.

TRES EN UNA TORMENTA

Alfonso Chacón

 

Hablar del Caribe es discurrir sobre huracanes.  Meteorológicos, musicales o ideológicos: tal parece que a esta cuenca, escenario de tanta historia, no le bastase con los conceptos mesurados de lo racional y lo enciclopédico. Las cosas deben hacerse a arrebatos y a brincos. Si el viento te roba el sombrero, es cuestión de revolotear los brazos como arlequín desaforado para contener el ataque de un quijote hecho de ciclones. Si tu esférica contextura no te deja pasar por la puerta, ha de reventarse la ventana a golpe de mazo y martillo. La ambulancia irá en paralelo con su aullido; el paciente moribundo irá recitando soledades gongorianas a los estupefactos camilleros y, así como se van desdoblando las ondas sonoras de la voz profunda y la sirena chillona en dueto disímil, se irá también desgajando la unidad temporal y psicológica de un personaje que es invisible según quien lo mire. Este yo de ahora no es el tú de ayer, ni mucho menos el nosotros de mañana, ese pronombre con que siempre nos vienen a narrar la historia oficial. Tres entonces ahora sí viene a ser una multitud, cuando en el medio está aquella que uno supo amar por todo su cuerpo, y de la que el otro atesora orgasmos fugaces hechos solo de recuerdos que nadie puede afirmar fueran surgidos de la piel.

Pero que la ciudad se te borre ante la vista, y el ómnibus irrumpa por la sala de tu casa es poca cosa, cuando ya la vida se te ha ido por el cartucho donde depositás la mierda que es tu existencias. Ya sea por culpa de un comité al que no le gustan tus ideas (un comité al que no le gusta ninguna idea), o porque ya desde antiguo venías condenado por esa manía de abrir la boca y soltar significados sin asidero con la verdad impoluta, vos sabés que al final la existencia que se precie de serlo debe resumirse en una tragedia gargantuesca. Y como algunos afirman que la única cosa que un poeta debe saber hacer bien es abrir la boca y dejar escapar un universo, entonces Froilán abre la suya y nos crea un esperpento musical de proporciones proustianas con matices de Joyce y Tu-Fu, donde el recuerdo ahora no es nada sino una faceta más de esa vida que los budistas ya sabían no la vive nunca un solo individuo al que insistimos en llamar Yo (o tú, o ella, vaya usted a saber). Por ahí dicen que la novela no es que se muera, es que hay que matarla cada vez que se hace una nueva, si es que uno quiere que la novela siga vive. Froilán hace eso: nos la devasta a la muy pobre y artrítica invención cervantina a punta de hachazos y cortes profundos de bisturí, y luego la empieza a armar a su gusto, con un pincel muy fino, como hecho de bigote de cubano, como el que usaba su maestro Lezama. 

Van entonces desfilando, en carnaval, personajes y memorias hechos de trazos sobre papel seda. No puede resultar de otra manera en La Habana. Y así nos sumergimos desprevenidos los indefensos lectores, de la mano de este demiurgo algo farsante y muy zalamero que se esconde detrás de sus juegos de palabras con algo de Foucault y mucho de Quevedo, hundiéndonos en la caterva de historias fuera de la historia que es la que se vive aún en la Antilla mayor. La ciudad que se desarma a pedazos  se convierte en un flujo turbulento de desfiles y alboroto: no importa si hay que asaltar la Embajada (así, con mayúscula) para escapar del paraíso que algunos dicen que se hunde (aunque los letreros proclamen que crece, crece solo), o porque urge subir a la última guagua o dar los postreros pasos de compañía a Lezama camino al cementerio. Que dos manos se persigan en escandalosa cohabitación carnal sobre el pecho del narrador es asunto nimio: ¡todos a bailar la conga!, porque a la revolución se la lleva el viento, mientras el tintero de Froilán va vertiendo juntos al barroco y a los cantos africanos, y el coro es la mismísima cohorte indómita de los dioses yoruba, a la que no pudieron nunca vencer ni la Iglesia ni tampoco ese socialismo que llamaban científico. 

 

El mensaje tumultuoso se nos ofrece entonces cautivo de luminosidades. La boca de Froilán sabe soltar resplandores, y la descomposición del personaje y su ansia por B allá lejos, al final de la novela, se van recreando en un mundo de sonoridades y memorias confusas como un maravilloso caleidoscopio verbal.  Y si atrás del sacófago de Lezama viene la Cuba cultural sumida en chillidos en medio de la comparsa, mientras el mundo se nos sale de su eje tan kepleriano a punta de tanta lágrima, es porque a los gigantes únicamente se les ha de llorar así, con total desmesura, en pleno cataclismo. 

 

Escribir novelas es salirse del mundo para poder verlo mejor. Leerlas, aún más. Lo sabe bien Froilán porque ya lo tiene en la sangre que le dio su padre, esa sangre que volaba aviones de madera con la imaginación. Pero es que para un verdadero poeta y novelista hacer una novela es trazar verdades que parezcan irreales solo para los que tienen los ojos cerrados, verdades donde entran como pasajeros de pleno derecho en esta guagua que es la vida, tanto poetas gongorianos como jineteras fosforecentes, e incluso esos que apenas saben trazar letras en forma de palotes sobre cartuchos vacíos de cemento (y que generalmente son los que cantan metáforas mejor). Y es que esta novela nos clava clara su certeza, de que la vida se larga veloz y los amigos se nos van escapando por las ventanas del bus, y pasan veinte años y ayer éramos jóvenes y hoy llevamos el cabello plateado, si es que algo nos resta aún sobre la coronilla. Y atrás muy lejos han quedado Tú con B, y yo entre tanto, este Yo solitario, solo  he podido guardarme una brizna de su cabello antes de que el viento se pusiera a volar. 

 

Y así, finalmente, solo me queda proferir una enorme admonición, que no quiero que luego se me juzgue omiso por no prevenirlos. Que una vez cruzada la última página y cerrado el libro, no se queden ustedes turulatos, por sentir ahora este universo que habitamos bastante más maravilloso de lo que era cuando empezaron a leer esta novela.  


Tres en una taza: La novela de la totalidad

Óscar Ureña García

Para alcanzar la totalidad en la novela, según el escritor argentino Ernesto Sábato, hay que abarcar la grandeza y la desdicha humana, lo hermoso y lo grotesco. Para Sábato, como para el matemático Blaise Pascal, la condición humana es por una dualidad y, a veces, una paradoja en la que se funde lo más sublime y lo más desagradable. “El hombre es un gusano y es una hermosura”, decía Pascal. Ahí, en ese equilibrio de la totalidad, según el autor del Túnel y Abbadón el exterminador, es dónde se encuentra la grandeza de un escritor y de su obra, ya que los autores magnos como William Shakespeare y el entrañable Miguel de Cervantes, lograban mirar lo hermoso que hay en el dolor, la belleza detrás de lo más horroroso. Eran autores de la totalidad, razón por la cual sus obras fueron antologadas por el tiempo. 

 

De esto no estaba muy alejado el autor argentino Jorge Luis Borges cuando exaltaba, en su círculo de conferencias, la maravillosa obra que construyó Dante con su Divina Comedia. Borges reflexionaba que el dolor, el horror y la alegría estaban presentes en ese recorrido por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso que nos hace Dante. Incluso, el autor del Aleph, llegó al punto de decir que no leer la Divina Comedia es privarse del mejor don que la literatura puede darnos: la felicidad.

 

Parto de estos grandes autores para hablar de otro que toca la totalidad en su novela y en su obra. Tres en una taza, del escritor cubano/costarricense Froilán Escobar; publicada para Centroamérica por Uruk Editores y en España por Ediciones Bagua; es una obra que abarca lo hermoso y lo grotesco, lo bello y lo trágico de la Cuba de los años 70. Cuando un huracán de cambios se instaló con grandes promesas y terminó llevándose toda la ciudad de La Habana.

 

Tres en una taza nos muestra las tragedias de un joven periodista que su único pecado fue pensar por cuenta propia en una sociedad que te daba digerido el pensamiento. Por este diferenciado, empieza a ser invisibilizado y excluido. Sin embargo, en un hermoso y surrealista viaje en un bus (en una guagua como la llaman los cubanos) nos muestra, usando la irrealidad como puente, la realidad que se vivía en ese momento en Cuba. En medio de un terrible huracán que invitaba tanto a la permanencia como a la huida, Froilán Escobar nos muestra la belleza humana y la alegría en medio de un ambiente hermoso y desbastador.

 

Como decía Stevenson, el encanto es una de las cualidades esenciales que debe tener el escritor. Y precisamente, Tres en una taza es un encanto de tapa a tapa. Desde que Yo y Tú, porque son dos personajes y a la vez uno, se suben a la guagua. Uno se sube y el otro narra el viaje que empieza a hacer por dentro de las casas de La Habana y nos sumerge en episodios inolvidables. Uno a uno van subiéndose personajes que nos muestran lo bello y lo horroroso, cada uno con su historia que, en conjunto, permiten contar la paradoja de este personaje principal. Lo hermoso se exalta en historias como la del Ambia, ese hombre casi analfabeta que, en los descansos de su trabajo de obrero de construcción, escribía poesía en cartuchos de cemento, sin saber que hacía poesía. Como el pájaro que canta sin saber que canta, el Ambia se escondía para escribir lo que él llamaba “refranes”.

 

Pero cuando le dije: Ambia, esto es un poema, se puso tieso. Se puso como acabado de nacer, se puso tan atarantado de verse por primera vez amanecido en su mañana, que los ojos se le fueron a llorar por un momento. Se puso como debió haberse puesto Orula cuando Elegguá lo desenterró al pie de la ceiba. Corrió con los brazos abiertos como un niño que jugara a volar. (Pág. 88)

 

Homero dice en la Odisea que los dioses tejen desventuras para que las generaciones venideras tengan algo qué cantar. Y esas desventuras se convierten en un canto en esta novela. Un joven que es despedido de la prensa, tiene que encontrar trabajo en la construcción de un hospital y, para no quedarse en la calle, un amigo le presta un pequeño cuartito sin baño; caga en un tarro para luego depositar su propia mierda lejos para que no le apeste ese cuarto suyo. Pero tal tragedia se llena de hermosura cuando B, el personaje femenino, se baja sus blúmers en ese cuartito y le muestra, mientras él mira embelesado, la mariposa que le vuela por el pubis. En ese momento Tú y Yo dejan de ser dos para ser uno. 

 

Froilán Escobar es uno de los sucesos editoriales más importantes que le suceden a Costa Rica y, ¿al mundo? Desde el boom atinoamericano de los años 50 y 60, no habíamos vuelto a ver tal creatividad del lenguaje y de estructura (ese juego de experimentar y crear nuevas lógicas) hasta que, quizá, topamos con Tres en una taza,La última adivinanza del mundoElla estaba donde no se sabíaLargo viaje de ceniza o El Cartero trae el domingo. Cuando los autores actuales apelan a novelas realistas, negras, con un lenguaje directo, Froilán Escobar irrumpe con una novela que tiene un personaje doble, uno vive la novela y el otro la narra, narra muchas historias simultáneas mediante dos relatos paralelos donde ocurren realidades irreales: el viaje de un bus por dentro de las casas de La Habana; y la pasión, muerte y resurrección de José Lezama Lima. 

  

Con un lenguaje barroco, que parte de su maestro Lezama, también de Vallejo, de Joyce, pero que llega a Froilán Escobar en una vuelta más arriba, esta novela nos sumerge en la totalidad. Nos muestra la condición humana desde muchas historias, con un relato surreal que rompe los moldes, que establece nuevas lógicas, ¿consecuencias que adivinan posibles causas? Sí. Tres en una taza, nos evidencia a un autor que sin duda es contemporáneo de Homero, de Shakespeare, Miguel de Cervantes, Dante, Borges y Sábato. Un autor que nos trae el universo al patio de nuestra casa. Llego al punto de decir que no leer Tres en una taza, y el resto de la obra de Froilán Escobar, es porque padecemos de un ascetismo extraño. O, como decía Borges, es privarse del mejor don  

que la literatura puede darnos: la felicidad.


TRES EN UNA TAZA

Por: Gabriela Guerra Rey 15 de agosto de 2016

 

 En los años sesenta en Cuba, tras el triunfo de la Revolución, creció una generación de intelectuales, artistas y escritores, cuyas obras, publicadas o no, marcaron una etapa fundamental en la literatura y la cultura cubanas y latinoamericanas. Con el despertar artístico, llegaron las censuras, los errores, las partidas, las migraciones; resultado de un proceso que no estaba destinado a salir bien, porque no tenía modelo que seguir. Hoy esa generación está dispersa, como todas las que le sucedieron; dispersa en el mundo y dispersa en el recuerdo.

 

Tres en una taza nos acerca a ella, a los tiempos que fueron y a los que vendrían después para una pequeña isla donde se soñaba en grande y se construía ladrillo a ladrillo, tres arriba, cinco abajo, o en palabras de Froilán:

 

“Un viento inaudito se estaba llevando la ciudad. Y me estaba arrebatando lo único que entonces me quedaba: aquel desmedido afán de aferrarme a la ilusión, de aferrarme al creer  que la vida seguía con saltante júbilo. Pero de nada valía esa ilusión, ese creer. El sueño que nos había despertado a todos, se desbarataba. Podía palparlo.”

 

La rivalidad entre el narrador de la novela y su alterego, que escribe la historia, y en medio ella, B, sin nombre, sin rostro, sin futuro, todos en la misma taza, en la misma guagua, hacia la nada, pero enredados con todo lo cubano, desde la religión yoruba y sus ritos y orishas, hasta el fracaso, la frustración, el despertar de un sueño, la utopía, el naufragio antes que el mar, el erotismo, las ilusiones perdidas, el abismo, la inminencia de la muerte, la pérdida, ese engranaje fantasmal que es el futuro desde el presente incierto, provocan una sensacion de desasosiego, que Froilán sabe cómo meterla en los poros del lector, cubano o sueco.

 

Una guagua conduce a ninguna parte. A ella el narrador baja y sube, para atravesar una época oscura y a la vez llena de poesía, que gira alrededor de José Lezama Lima, emblemática figura de las letras del continente…

 

Imposible no sentirse cerca de estos personajes, reales o de la realidad que pervive en el recuerdo del autor; imposible no identificarse con el escritor dentro del escritor, que no sabe de dónde viene y a dónde va, pero necesita encontrar las razones de su permanencia en la nada.

 

Tres en una taza es una novela que leería dos veces, tres, cuatro… porque te deja la sensación de no haber acabado, de que algo más se está diciendo en sus páginas, y tú tal vez pasaste la vista y te perdiste el final de un largo, difícil y hermoso viaje.

Reseña de Leonardo Padura

PARADOJAS Y SENTIDO DE TRES EN UNA TAZA

 

Esta es una novela de las paradojas. Para poder juntar en sus páginas lo hermoso y lo terrible de la década del 70 en Cuba, Froilán Escobar se vale de una estructura de colmena. Se sale del ordenamiento aristotélico con la superposición, múltiple y simultánea, de muchas historias con diferentes perspectivas. Solo así, logra contar del todo lo que alcanzaba a salvar del todo, sin que importe si, en el constante acecho de las contradicciones, pone en entredicho la verosímilitud, o por la exuberancia de juegos formales roza el mito, el poema solapado, lo insólito. Con ese movimiento de contrastes, busca que el dolor asome al contar la historia de un joven periodista al que lo sacan de la prensa y lo envían diez años a la construcción de un hospital  por cometer el imperdonable error de hacer bien su trabajo. La primera paradoja es que, para poder mostrar  a la vez lo hermoso y lo terrible, no bastaba con la  historia de un único personaje. Necesitaba contar también la de otros a quienes, en medio de la turbiedad, les estaba sucediendo en ese momento el regocijo: no como contrapunto, sino como elemento humano que ensancha la presencia del protagonista, porque esas vidas en las que ocurren certezas, ambigüedades y vacilaciones, permiten que pueda la novela resolverse en un querer ver más allá. Y aquí surgió otra paradoja de la novela: la que nos hunde en la esquizofrenía del momento. El absurdo de la realidad se convierte así en absurdo literario. Esas son las claves con las que Froilán Escobar le da sentido a Tres en una taza.

 

Leonardo Padura

Sobre el autor y su obra


Este no es un libro. Es una fiesta. Una fiesta de la imaginación, del lenguaje, una celebración de la vida que no elude la muerte, la asimila con la despedida desmesurada de un gran poeta que deja una mitología y una ausencia irremediable. La novela recorre la ciudad en un viaje alucinado. Por ella desfila toda la fauna urbana en una realidad que se multiplica y se desdobla como el propio protagonista. La ciudad es un golem de sus habitantes. El metabolismo de la ciudad nos absorbe hasta la última página. El amor y la angustia, la mezquindad y la grandeza se traman en una historia que deslumbra sin respiro párrafo a párrafo. Transitar esta novela es, más que una experiencia literaria, una experiencia vital contada a un ritmo trepidante donde cada palabra encontrará asidero en nuestros sueños y nuestras pesadillas.


Luis Manuel García Méndez

El desdoblamiento del yo o del tú, que lo deja a uno algo perplejo al comienzo, va cobrando sentido con el tiempo. En fin, es un texto que se las trae y capaz, sin duda, de “encantar” y también de estimular la reflexión de los lectores.

Martín Lienhard

Uno de los logros más significativos de esta novela es el encuentro prodigioso de diversas historias que se engarzan, por medio de una dialéctica admirable, en un mundo orgánico y asombroso. A lo largo del texto, la vida del personaje principal se ve herida por una ruptura profunda con lo consciente, lo racional, lo intelectual. Pero en lugar de aislarse y encerrarse, emprende un viaje iniciático en un peculiar autobús que, en lugar de las calles de La Habana, viaja por el interior de las casas. Este transitar va a estar marcado así por la internalización de un mundo, un “más allá” que siempre y de antemano lo interpela. Gracias a esto, logra escapar de un ámbito social enajenador que lo domina y lo reprime. Todas las obras literarias de Froilán Escobar poseen una natural propensión a demoler la serenidad, el equilibrio y la medida, las tres cualidades del arte clásico. En esta, en particular, nos recuerda que muy posiblemente el irracionalismo sea el principio positivo que crea y le da valor a toda nuestra existencia.

 

Guillermo González

Lo que poéticamente se imagina no es nunca irreal. Esta saga tan realista como imaginada (no imaginaria) es un ejemplo de lo que hace muchos años llamamos «imaginización», es decir, la capacidad que tiene la realidad misma de producir las imágenes que mejor la revelan.

 

Cintio Vitier

 

Tu novela es un testimonio generacional que resultará imprescindible leer, además de una prosa muy fluida, fina como es la tuya, exhibe una mirada a las ocurrencias de los detalles que otros autores, sobre todo hombres, pasan por encima. Yo creo que nuestra generación de escritores y periodistas está escribiendo, tal vez sin mucha conciencia de ello, la gran novela testimonial de la revolución.

Minerva Salado Rabelo