LA TUMBA DEL REY

CARLOTA SUÁREZ GARCÍA

Bajo la lava se encuentra la historia de un pueblo, pero los pueblos los forman los hombres y donde habitan los hombres… también lo hacen los monstruos.

 

En Agaete, un tranquilo pueblo de la isla de Gran Canaria, un grupo de arqueólogos comienza a excavar en una necrópolis aborigen, donde encontrarán el cadáver de una mujer desaparecida en el pueblo en los años cincuenta. El caso adquiere unas dimensiones sorprendentes cuando la policía judicial encuentra, a unos metros de la tumba, una fosa común con otros once cadáveres. Políticos, empresarios y altos cargos de las fuerzas de seguridad de la isla verán comprometidas sus carreras y su integridad en este caso, que una poco ortodoxa brigada, sin nada que perder, intentará resolver.

 


Quise que vivieras.

 

La oscuridad de la noche nos protegió del resto del mundo, hermana. Todo lo que éramos tú y yo se reducía a un valle, unos pocos riscos por los que esa noche arrastraba tu cuerpo y unos escarpados acantilados que abrían ese reducido mundo al mar, haciéndolo infinito. 

Si algún alma se hubiera aventurado por los caminos aquella oscura noche en que la luna se tiñó de rojo, habría podido ver mi silueta recortada sobre el risco. Un enclenque muchacho arrastrando un pesado fardo. La oscuridad le habría impedido distinguir tu melena dorada, mancillada por algunos mechones apelmazados y de color ferroso, como trenzas de sangre seca sobre tu tranquilo y dulce rostro, hermana. No habría podido comprender que yo me aferraba a tus brazos inertes con la misma fuerza que a la esperanza de que aquellas aguas te devolvieran la vida, aunque ello significase perderte de nuevo.

 

Apenas podía cargar el peso de tu lívido y frío cuerpo. Casi exhausto y arrastrando los pies, logré alcanzar la vieja tina y sumergirte en su agua milagrosa. La bañera de piedra tapizada de moho llevaba olvidada y sin uso casi cincuenta años, pero mientras el manantial de Guachineque no se secara, las aguas subterráneas seguirían vertiendo en ella su tesoro. No funcionó, y así, con dolor desesperado, descubrí que aquellas leyendas que contaban los viejos eran solo cuentos. 

Lloré por ti en silencio, mientras secaba tu rostro con mi camisa y abotonaba tu vestido con pudor, para preservar la inocencia que otro te había arrebatado. Lloré porque no volverías a nadar en Las Nieves ni a ver películas en el cine con tus amigas, pero también lloré por mí. 

Con el tiempo comprendí que la autocompasión, además de ser pecado, debilita. Pero entonces solo tenía doce años y me entristecía, después de acunarme entre tus brazos y haber disfrutado del contacto de tu piel, decirte adiós y volver a tener frío. No soportaba la idea de quedarme solo de nuevo. Solo, como corresponde a un carnicero. La maldición del achiscanai, hermana.

 

Preguntándome qué haría contigo, miré hacia la colada volcánica que se extendía a nuestros pies y pensé en aquellos antepasados canariis que descansaban bajo la lava y que a buen seguro te recibirían con los brazos abiertos. Al fin y al cabo, eras una de ellos y habías conseguido, a través de tus historias, mantenerlos vivos.

Me gustaba escuchar tus relatos, hermana, y especialmente el de la tumba grande, la Tumba del Rey.