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PRÓLOGO COMPLETO DE BABY RIVERA
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“Me gusta lo impensado; me atrae lo desconocido. No comprendo la existencia de las personas que se levantan todos los días a la misma hora y comen el cocido en el mismo sitio. Si yo fuera rica, no tendría casa. Una maleta grande y viajar siempre (…).” Cuesta creer que la autobiografía de Carmen de Burgos, que escribiera a petición de Ramón Gómez de la Serna, pertenezca a una mujer del siglo XIX. Pareciera un espíritu de luz perdido, que vino prematuramente a insertarse en una sociedad que no la podía entender y contra la que luchó para deshacer sus normas primitivas negadoras de la emancipación del talento, de la capacidad, de la inteligencia y de la sensibilidad en favor de los derechos universales, del voto femenino, del valor de la mujer para el desarrollo de la sociedad.

Pero convencida de que la sociedad podía ser deconstruída para concebirla de manera más justa encausó su obra por diferentes temas y procedimientos narrativos, todos comprometidos son su ideal de renovación social. Convirtió en víctimas a las protagonistas de El abogado y de El Artículo 438, como pruebas para demostrar la indefensión de la mujer en el Código Civil de 1870, y la exclusión de las mujeres como voces importantes de la sociedad. Criticó la enloquecida carrera por las posesiones y el interés de ocupar lugares en los altos estratos sociales en Villa María y Los huesos del abuelo. En Ellas y Ellos o Ellos y Ellas encontró los recursos narrativos, y de caracterización, para explicar que la homosexualidad no era una sexualidad única, sino diferente en cada ser humano, y salvó a Manuel del ridículo al que lo condenaban el resto de los personajes, solo porque era capaz de sentir un amor limpio, raro para los demás, pero verdadero. En El mejor film, convierte a su protagonista en un héroe trágico, para validar el modelo de quien no puede dialogar con la decadencia social; pero le concedió el sueño de realización artística que dejará la huella eterna del actor que amó el arte sobre todas las cosas. Hizo sufrir a Matilde en El perseguidor el conflicto entre tradición y modernidad, salvándola de la soledad porque encontró un hombre con el que podía compartir, en condición de igualdad, su vida. Por el amor apasionado rompió el círculo de la fatalidad que se cernía sobre Pura y José en Puñal de claveles, los sacó a trote de jaca de las convenciones de los campos de Níjar para conducirlos a otros continentes; otros países en los que no protagonizaran las fuerzas retrógradas. 

 

Baby Rivero


Elogio de  nuestras abuelas.

 

Poco tiempo antes de su muerte, el 14 de abril de 1986, Simone de Beauvoir se despedía de la vida en una ceremonia dedicada a Sartre. Lo hacía desde un libro sincero y triste, lúcido y descarnado, que a la lectora de veintipocos años que yo era —la que acababa Filosofía y se preparaba para ser profesora de secundaria, como lo había sido ella—, le hacía preguntarse si aquella «joven formal» había conseguido rebelarse contra su condición de «segundo sexo». También, si el reconocerse construcción social de otros fue camino eficaz para llegar a ser ella misma. Entre las páginas de aquella «ceremonia del adiós» se deslizaban dudas. Como ante la lápida de un cementerio de París donde están escritos dos «nombres-epitafio»: Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre.

Dos años antes de la muerte de una autora fundacional del feminismo regresaba a España María Zambrano, la última exiliada de la Guerra Civil Española. Era, tan solo, cuatro años mayor que Beauvoir. Pertenecían a la misma generación de mujeres que se comprometieron con su época y con sus circunstancias, aceptando la responsabilidad de perfilar un futuro donde aquello que las había expulsado de la ciudad, negándoles presencia o voz, desapareciera y pasara a formar parte de las «derrotas vencidas».

Pero la historia de la libertad y los derechos escribía sus nombres de forma bien distinta. Si Simone de Beauvoir era ya patrimonio intelectual universal, María Zambrano, por el contrario, era una desconocida para la mayoría, a pesar de la influencia incuestionable ejercida sobre ciertos poetas o ciertos pensadores. Ella lo dice así: “al exiliado no solo se le roba el espacio, sino también el tiempo”.

Simone de Beauvoir publica El segundo sexo en plena postguerra europea. Para entonces, el sur de Europa —donde, en verdad, esa II Gran Guerra había dado comienzo en 1936—, el territorio al que llegaron brigadistas de medio mundo para combatir contra el fascismo, se desprendió de su lugar natural cuando el fascismo se impuso borrando, minuciosamente, los nombres de quienes habrían debido estar en la construcción de un mejor porvenir para todos.

Clara Campoamor, Carmen de Burgos, Victoria Kent, Margarita Nelken, María de Maeztu, Maruja Mallo o María Zambrano, eran ya semillas enterradas entre los escombros de un país que cerraba puertas y ventanas e imponía, como en la lorquiana Bernarda Alba, la ley del silencio, la oscuridad, la ignorancia y el miedo. 

Y vivir de memorias ajenas.

Aunque tres décadas antes de que Simone de Beauvoir publicara El segundo sexo Margarita Nelken denunciara, en La condición social de la mujer en España, que el género es una cuestión social y que, por tanto, es la sociedad la que determina el rol subordinado que desempeñan las mujeres.

O que Carmen de Burgos, desde sus primeros escritos en los inicios del siglo XX, se enfrentara, con sagacidad y contundencia, a la biología sexista, a la psicología sexista, a la antropología sexista, o a las tesis higienistas que perpetúan privilegios a costa de someter y menospreciar a las mujeres, consiguiendo, demasiadas veces, que la víctima sea un reo temeroso de su propia libertad: “Una ojeada, por ligera que sea, dedicada al estudio del sexo femenino, nos demuestra que la subordinación de la mujer no es obra de la naturaleza. Por eso el triunfo del feminismo puede considerarse como el restablecimiento de la justicia y de los fueros de la ley natural, largo tiempo violada con la desigualdad”. 

María Zambrano, 1928, columna semanal Mujeres, del periódico El Liberal: “Es preciso que el hombre se dé cuenta de que a la mujer de hoy no se la puede ya conquistar con la promesa de un porvenir económico y social seguro y descansado. La mujer ha descansado durante mucho tiempo, y ahora sale de su sábado, y con plenas energías, con magníficos anhelos, a construir su mundo”. 

Carmen de Burgos (Colombine), 1927, La mujer moderna y sus derechos: “Ser femenina como quieren las ilusas, es estar sometida solo a los imperativos sexuales, sin aspirar más que a ser nodriza y gobernante. Ser feminista es ser mujer respetada, consciente, con personalidad, con responsabilidad, con derechos, que no se oponen al amor, al hogar y a la maternidad”. 

Clara Campoamor defendiendo, sola, el derecho de las mujeres al voto. María de Maeztu liberando de prejuicios, de hábitos sociales clasistas, de egoísmos, incorporando la salud del cuerpo, mediante el deporte que enseña a aceptarlo, a las estudiantes de la Residencia de Señoritas. María Zambrano, María Moliner, Maruja Mallo en las Misiones Pedagógicas. Victoria Kent desechando infames grilletes, humanizando las cárceles de mujeres, convirtiéndolas en lugares de reinserción y esperanza…

Hay que nombrarlas, leerlas, reflexionar sobre lo que sus imágenes y sus versos entregaron. Respiran con la misma belleza fértil que en los años donde amanecían y compartían la luz de aquella aurora. Alumbran, nuestras abuelas intelectuales, nos alumbran.

 

 

Marifé Santiago Bolaños